Dualismos
[Wed Dec 1 16:28:53 CST 2014]
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Ayer mismo me encontré con la siguiente cita del humorista estadounidense George Carlin mientras echaba un vistazo a las entradas en Google Plus:

Se trata, obviamente, de una paradoja. Pero es que se trata, además, de una paradoja que hunde sus raíces en la lógica dualista que impera en nuestra civilización. Además, la pregunta misma puede verse desde dos puntos de vista distintos, esto es, con dos significados ligeramente distintos. Así, podemos entender que nos está preguntando qué sucede si, intentando hacer algo mal, nos sale bien. ¿Podríamos afirmar, entonces, que hemos fracasado en nuestro intento de que nos salga mal? ¿Qué es, entonces? ¿Un éxito o un fracaso? Pero también puede interpretarse de una manera un poco distinta: si, intentamos que algo nos salga mal y lo conseguimos, ¿hemos fracasado o, por el contrario, hemos tenido éxito en nuestro objetivo de que nos salga mal, con lo que, mal que nos pese, hemos tenido éxito? Es un buen galimatías lógico.

En cualquier caso, reflexionando sobre la paradoja que nos plantea Carlin, observé un par de cosas que, me parece, llevan aparejadas implicaciones bien interesantes. En primer lugar, parece obvio, este tipo de paradoja no podría darse sin caer en la trampa del dualismo, doctrina que por cierto empapa toda nuestra cultura occidental. Hasta aquí, nada especial. Se trata de algo de sobra conocido y debatido. A estas alturas, repetir aquello de que "las cosas no son blancas ni negras, sino que hay una enorme multitud de tonalidades intermedias" se ha convertido en un lugar común. Por tanto, ni siquiera me molestaré en entrar ahí. El segundo elemento de reflexión, en cambio, me parece mucho más interesante. Se trata de algo que, sin duda, es también de sobra conocido entre quienes se dedican a esto de la filosofía, pero de lo que el común de los mortales no es tan consciente. Me estoy refiriendo al hecho de que, en cualquier dualidad, siempre hay un elemento hegemónico o dominante ("positivo", si preferimos usar ese término) y otro dependiente (o "negativo"). Así, en el ejemplo que nos ocupa, parece que el éxito es el término positivo, en tanto que el fracaso es el negativo. En otras palabras, el éxito se impone por sí mismo, tiene una realidad propia, en tanto que el fracaso se concibe como ausencia de éxito y, por tanto, es un concepto supeditado a aquél. Sin asumir eso, no se entiende la paradoja.

Pero aún hay otro asunto que me parece de mayor calado: cuando tratamos de evitar el dualismo echando mano de los matices (las célebres "tonalidades intermedias" a las que nos referíamos algo más arriba), en realidad lo que hacemos es calibrar la presencia del elemento positivo en la realidad que estamos describiendo usando una gradación de dicho término. En otras palabras, el fracaso puede ser mayor o menor, dependiendo del nivel relativo de éxito. Y lo mismo viene a suceder en el caso de una competición deportiva, donde solamente hay un ganador pero es siempre preferible acabar segundo o tercero que último o penúltimo. La gradación, queda claro, toma siempre como referencia el elemento positivo del dúo. Por tanto, cabe preguntarse si quizá la oposición al dualismo deba venir no tanto a través de la afirmación de la diversidad de "tonalidades" como de una unidad que lo engloba todo (esto es, el elemento positivo), aunque sea expresándose de manera concreta en diverso grado. Así, en lugar de afirmar el pluralismo relativista que caracteriza al postmodernismo contemporáneo, lo que hacemos es aceptar la diversidad pero siempre como gradación de un elemento o valor que se toma como definitorio (y, por consiguiente, sin erosionar o negar la existencia de una gradación), evitando con ello el nihilismo. De esta forma, me parece posible superar el callejón sin salida en que nos ha metido la filosofía última, volviendo a aceptar la posibilidad de contar con una escala de valores, con un mapa que nos guíe, pero sin por ello caer en la vieja tentación dualista. Si esta otra interpretación fuera correcta, habría que concluir que los grandes místicos estaban, entonces, en lo cierto. Lo único que existe es una enorme unidad. Pero ello no quiere decir que debamos sucumbir a la tentación totalitaria, pues lo que encontramos en derredor son siempre gradaciones distintas de esa realidad única, acercamientos mayores o menores al único elemento realmente existente. No hay, por tanto, dualidad, sino unidad. Pero esta unidad se expresa de forma múltiple.